En el
hospital, tarde de un jueves de Febrero.
Una
llamada, entre el sonido de las teclas, el aire acondicionado, el olor a café,
eran las doce del mediodía, a la espera de la salida, con un poco de hambre, ya
que una torta y un café presto no mitiga por completo al tigre que se desata a
esta hora.
A la
salida entre el trafico, pensando, que será!? Espero se reponga pronto, que no
sea nada grave!
La
entrada del hospital, como si fuera un mercado, específicamente, el oriental,
muchas personas, muchos murmullos, mas quienes hablan para que todos los
escuchen, filas, niños llorando, ojos rojos por doquier, desesperación e
incluso impotencia alrededor. Tras el vidrio, solo con un pequeño orificio, se
denota a personas que atienden con ese rostro, el que tienen que mantener, sin
mostrar sentimiento, ni favoritismo, centrados sin perder el control, ante
tanta demanda de atención, tratando de dar respuesta a cada una de las muchas
preguntas, esa persona, que además de sus problemas, escucha el clamor de mil
mas al día, ese si es un trabajo bajo presión.
Por los
pasillos, entre Doctores y su va y ven, camillas, utensilios de medicina, aquel
olor penetrante, que confunde lavanda, alcohol, desinfectante…. Me sentí abrumado,
aun con tanta limpieza, con iluminación, paredes de colores pasteles, tenues,
no fuerte a la vista, pero si, era un hospital.
Claro
que ha cambiado la atención en los hospitales, o será, por que iba vestido de
oficina, bien ordenadito, manga larga y todo eso, y se cumple el dicho: a como
te ven te tratan?
Ya en
el área de observación, me vi sentado entre cortinas color verde aqua, veía
camas de esas reclinables, con cubre cama blanca, todo bien a quien iba a ver, mucho
dolor, mas la espera y el goteo incesante del suero.
Se hizo
una eternidad, el tiempo no transcurre ahí, mas para quienes tienen algún dolor,
es como una antesala a algo, no se si pagamos aquí en la tierra por nuestros
malos actos, no se si es el destino, no se si son pruebas, pero en ese momento,
se vienen muchas preguntas, entre la fe, el destino o lo que nos merecemos.
Entre
abierto se encontraba la cortina de la camilla de enfrente, una señora, de unos
54 años, sollozaba, prácticamente se revolcaba del dolor, ella se levantaba, se
acostaba, daba vueltas y vueltas, se quejaba tanto del dolor, que aun escucho
su quejido en mi mente, yo impotente, trataba de decirme a mi mismo, estará bien.
Ella estaba sola, hablo por teléfono, a su casa me imagino, pidiendo ropa, las
infaltables chinelas, y sobre todo, que no se preocuparan, que no hicieran escándalo
que todo iba ha estar bien…..
No me
lo van a creer, a la hora creo, llegó un señor y una señora, no se que serian
de ella, pero increíble, de pronto, ella se sentó, y entre platicas, se escucho
su risa, si, si, somos seres humanos sociales, necesitamos de los demás,
incluso para sentirnos queridos, no abandonados, necesitados de afecto. A las
tres horas, ella partió, le dieron de alta. He aquí una enseñanza, no podemos
estar solo ante una enfermedad, por muy fuerte que nos creamos, no dejemos
solos a nuestros enfermos, de una u otra forma incidimos en la mejoría, una
platica, unas palabras de aliento o siquiera estar presente ante ellos.
Por
otro lado, la instancia donde estaba, era de dos camillas, en la contigua se
encontraba una viejita, linda, de esas de porcelana, con su mirada de paz, de
serenidad, con sus anteojos a la antigua, el crucifijo infaltable en su cuello,
como toda nica, la religión y nuestro señor siempre a la orilla de nuestro corazón,
al lado su hija, cuidándola, entre platicas de ánimos, de diagnósticos, de
epicrisis y una que otra receta medica cacera, se levanto su hija al servicio, el
silencio de su partida y el sonido del aire acondicionado…. Fue quebrantado con
una voz, dijo la viejita linda algo entre susurro, con una voz entrecortada,
con lagrimas en sus ojos, que me lo llevare para siempre, que da el valor al
momento, a lo que es y será, al destino que nos marca, al final de nuestra
existencia, a la impotencia del ser humano…… “ahora si estoy chicle, yo no
quiero ser una carga para nadie”
La
triste realidad del ocaso de nuestra existencia.

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